
Un día difícil.
Al levantarme, comprobé que ya era hora de cambiar las pilas del reloj. Se retrasó 15 minutos. Por tanto, café sin tostada y la misma camisa de ayer. La primera que pillo.
La oficina está lejana. Intento atajar y me encuentro con el camión de la basura. 5 minutos más. Al llegar aparco en esa fila linea, cercana a un paso de cebra. Me jugaré la multa.
El jefe no está para tonterías. Simplemente con su mirada me hace entender que recuperaré hasta el último segundo. Por si fuera poco, los envíos urgentes de la mañana llegarán, con suerte, por la tarde. Huelga de camioneros que nuestras furgonetas se solidarizan con sus ruedas, sospechosamente desinfladas.
Los 15 minutos del café. Imposible. Debo atender a los furiosos clientes que no han recibido sus pedidos aún. Les comento que llegarán por la tarde y que este envío será gratuito. Mi jefe entra en cólera. Lo pagarás tú, con el sudor de explicárselo a la sede central. En la hora que acepté ser el coordinador de envíos de la zona de la Costa del Sol.
A la hora de comer, me llama mi ex -mujer. Me recuerda que para ser ex-definitivo, debo ir esta misma tarde a firmar el finiquito de nuestro matrimonio. Qué fina ella. Prescindo del café y voy a cerrar la historia. Pretende quedarse ahora con el piso de Marbella en vez del de Málaga; dice que su nuevo maromo practica taichi en la playa y encuentra su equilibrio tántrico cerca del mar y lejos de grandes ciudades. Debemos redactar nuevamente los términos de la separación. Otra tarde perdida y lo peor, que es necesaria otra reunión.
Vuelvo al trabajo y el jefe simplemente comenta el lunes deberemos replantearnos la organización del equipo. Perdemos eficacia continuamente y temo que me llamen desde Madrid. A mí, después de 30 años de oficio... Me suena que ha estado toda la tarde redactando mentalmente mi carta de despido y desconecto de su conversación, al tiempo que busco entre los papeles mis llaves. Estoy exhausto. Voy al aparcamiento y sopla una brisa marina que parece calmar mi ánimo, al tiempo que revolotea, cuando acelero, un sospechoso papel rosa, que está sujeto firmemente por el limpiaparabrisas.
Abro la puerta de casa y me voy quitando la ropa mientras que me dirijo al baño. Parece que dejo una senda para volver a salir con mis zapatos, mis calcetines, mi pantalón, mi camisa y mi calzoncillo.Tengo hambre pero pienso que antes de cenar debo de pasar mi cuerpo bajo una ducha que me purifique, que me limpie de las miserias del día. Un día difícil - pienso -
Y aquí me veis, liberándome de todo: de mis pilas gastadas - total voy a ir al paro -, de la multa de color rosa - que me la quitará mi amigo policía del gimnasio-, de mi ex mujer - próximamente - y de este piso de Málaga, sí muy céntrico, muy soleado, pero tan antiguo que su calentador funciona con esa vieja bombona de butano, que, uhhhhhhhhhhhh, evidentemente, se me ha olvidado reemplazar este mes.
A Tere, que me ayudó a construir una historia bajo la ducha.