Era una carretera vulgar, de apenas tráfico, sobre todo cuando los últimos pueblos de montaña fueron abandonados, y la cercana carretera nacional presentaba un firme nuevo, de arcén generoso y con un reducido número de curvas, sinuosas, pero suaves, y lo suficientemente abiertas como para dejar entrever la posible llegada de un automóvil por el carril contrario.
La carretera vulgar fue entrando en declive, los parches fueron cediendo el espacio a los baches, las raíces ondulaban el firme formando verdaderas olas de brea, y la curva, aquella dichosa curva donde cruzarse con otro coche era garantía de tener que arrojar dos ruedas a la tierra del arcén, quedó disimulada por la cobertera forestal que como un Hulk se arrojó encima para dejarla como una cueva verde rebosante de maleza.
Solo la señal de peligro, solidificada, permanecía inalterable, 50 metros antes de la curva, y pensaba desde su metal: la que avisa, no es traidora. Y se mantuvo helada , impertérrita,ante el paso del tiempo. A lo sumo algún despistado automóvil le hacía guiños con sus luces cortas y largas antes de volverse a oscurecer.



