Da al play, sintonía de 4 meses
Estos últimos cuatro meses he estado con tres mujeres distintas. La mayoría pensaréis que es una fantasmada, lo sé, y si además añado que, si bien fui yo a buscarlas, por pura desesperación en un principio, fueron ellas, al final, las que me citaban para el día siguiente, pues lo más probable es que dejéis ahora mismo de leer , o tal vez no. Esta es la historia.
Al principio P. ( protegeré sus identidades y así también la mía ) al advertir mi esta
do de emergencia, se preocupó en reducir mi evidente estado de ansiedad. P. , es una mujer alta, con un moreno natural de la costa levantina, muy delgada, con el pelo recogido en un pequeño moño, y muy coqueta alternaba unas lentillas que le hacían brillar sus ojos vidriosos, con unas gafas de pasta negra, de universitaria de letras, que insinuante colgaba unos instantes entre la comisura de los labios cuando se recogía con parsimonia su pelo negro. P. Apenas me tocaba, mi sensibilidad era extrema y decidió tan sólo acariciarme, susurrarme indicaciones al oído, que torpemente, intentaba en vano realizar. Al final P. desistió. Ella querría haberme cubierto con sus manos, apretar mi extremidad y soltar esa energía que su alma irradiaba y que mi cuerpo reprimía. En su última tarde, tan sólo pudo decirme: Puede que mañana no venga. Y es verdad, nunca volvió. Salí por la puerta con el corazón encogido y una enorme hinchazón que hacía temblar mi cuerpo.

Dos días después volví con el gusanillo de volverla a encontrar. No estaba, pero en su lugar apareció M. Lo primero que me llamó su atención era su voz, casi muda. Es una manchega de Albacete, también muy delgada, y sus brazos eran como su voz, un hilillo de piel y huesos que desembocaban en unos dedos afilados, muy habilidosos, sabían muy bien qué hacer. Pronto olvidé a P. , pues el pelo enmarañado de M. y su tez clara, imantaban mi mirada cuando aparecía ante mis ojos, de forma inesperada, mientras la esperaba tumbado en la cama, y ella, como si nada, a lo suyo, sin apenas hablar, acariciándome con suavidad y moviéndose con energía cuando así lo precisaba. Estaba en sus manos y solo me podía entregar al ver como se enrojecía su rostro tras el esfuerzo. M. disponía de una mirada tan penetrante, que entendí que se atrofiaran el resto de sus sentidos. En una de esas miradas clandestinas, sentí como me abandonaría al igual que la había abandonado su voz.
Y así ocurrió. No pude volver en los 10 días siguientes, pero mi cuerpo

y mi mente necesitaban su dosis de acción. Busqué en el local, los mismos rostros y las mismas mesas y sillas.... un momento, no. Allí en el fondo de la sala apareció
Ma. , que sin quitarme la vista de encima, me preguntó
¿ Eres Óscar, verdad?, y sin esperar respuesta alguna me indicó que me tumbara en una cama. Dicharachera, hablaba desplegando inteligencia, sus palabras se contoneaban de igual manera que lo hacía su cuerpo enfundado en su traje color lila, y te embelesaba, recorriendo como una serpiente mi cuerpo hasta que, cuando estabas atontado, te lanzaba una mortal herida que te hacía gemir, dolor y placer a la vez. Cada día más, el mismo ritual, y cada vez con más ganas.
Ma. parecía extranjera, rubia, y poseía un rostro angelical, una tez inmaculada, una preciosa pequita, y unos labios, unos labios de rojo intenso que susurrando me dijeron:

Óscar... ahí tienes tu nuevo tendón. Óscar, Óscar ¿ porqué me miras así ?
Y no pude decir nada, sino con los ojos vidriosos, emocionado, empezar a correr.
Gracias a mis tres maravillosas fisioterapeutas, P. M. y Ma. porque en cuatro meses me han dejado como nuevo .
A Octavio, de cuyos relatos brillantes surgió la idea de este. Ariadna, gracias por las fotos.