Hace tiempo que el tiempo es como el tiempo atmosférico. Las borrascas se suceden unas tras otras sin que ello signifique la inexistencia de cielos espléndidos.
Hubo un tiempo en que vivía con los pies en el suelo. Argucias que rasgaban incluso la pedantería y para qué engañarse, una cierta estela de polvo cósmico que se dejaba arrastrar tras la estela de una estrella.
Bien es cierto que el tiempo jugó malas pasadas. Pérdidas incomprensibles, en demasía, algunas por desgana y otras cuántas por ese falso orgullo que no te lleva a ningun sitio más que a un callejón sin salida.
Inexorable el tiempo me disolvió como lo hace la bruma de la mañana con los primeros rayos del sol, la calma chicha del verano antes de la tormenta o la cortina de lluvia en pleno mes de monzón. Ser invisible para el mundo, y circunnavegar en un mundo tan limitado que, finalmente, parece ser buque en una bañera, dónde el agua se pierde tras liberar el tapón, y como en el canal de Panamá, navegar lentamente, como un telefilm de domingo, viendo pasar al continente, mientras naufragan lentamente los latidos.
Con el tiempo, la realidad es confusa. Y ni pedante, ni estrella; ni buque, ni tan siquiera película dominguera. La entelequia que en un tiempo hubiera descrito como un personaje quijotesco capaz de crear un quimérico blog.
Ese soy yo. Blografía
Ese soy yo. Blografía