Me gusta de siempre el cine. En mis épocas juveniles apuntaba y apuntaba las películas, hasta incluso tenía una carpeta, con una foto de Epi en suspensión tirando a canasta, donde registraba el día, un breve comentario de la misma, incluyendo la ficha técnica, y además la puntuaba - de pésima a excelente -, de acuerdo a mis apreciaciones. Esa carpeta estuvo conmigo más 15 años, hasta que me di cuenta que, cada vez iba menos al cine, y que internet me permitía hacer lo mismo, pero con más rapidez, comodidad y con menos papeles pululando por ahí. Es verdad que además tenía un valor muy especial, al ser una especie de diario, ya que incluía guiños, referencias de personas, instantes y/o momentos que rodearon la proyección. Un día, eso sí, cumplió su ciclo y se fue al contenedor de papel. Creo que Epi me lo agradeció.
Me gusta el vino. Es verdad que de joven bebía más cervezas, algún que otro gin tonic, pero con el paso del tiempo, ha sido una buena botellla de vino, en torno a una comida, la que se lleva la palma. Y ciertamente la parafernalia de ver su color, apreciar su aroma, el mantener su temperatura adecuada, ya sea blanco o tinto, y el disponer de una copa apropiada, me gana. Lo disfruto ampliamente y todo lo que conlleva. Se para el tiempo, se dilata la conversación y se relajan las preocupaciones. Todo se vuelve amable y además se cuida uno mucho para que tenga la calidad suficiente y no se vuelva al final cabezón.
Y no os cuento nada cuando pueden compaginarse ambas cosas. Entenderéis que esta maravillosa película me encantara en su momento. Han pasado ya unos cuantos años desde que la vi, ya va siendo el momento de revivirla.
Si alguien la tiene, yo pongo el vino



