Era una persona con dos ojos. Hasta aquí todo normal. Lo cierto que eran dos ojos - podría decirse - ordinarios, ligeramente ovalados y sobradamente protegidos por unas cejas enmarañadas, desenfadadas y anárquicas en su disposición, algunas apuntando hacia arriba - cejas Zapatero - y otras pocas hacia abajo, rozando con unas pestañas abundantes, largas y muy finas, que abrigaban como un buen Armani ; y estas sí, cuidadosamente dispuestas como una sombrilla capaz de proporcionar sombra a las tres de la tarde en los tórridos meses de verano.
Era una persona con dos ojos. Hasta aquí todo normal. Solía contar que el color de los mismos era prácticamente indescifrable, cercano a unos ojos marronesclaroscasiverdes, sobre todo, cuando al aproximarse al océano, se sumergía completamente en el interior de sus ojos, y su iris se transformaba en Índico capaz de acariciar los rostros humanos; sus palabras contoneaban los versos para calmar y volver a todos Pacíficos; su cuerpo se mostraba como un Atlántico capaz de soportar el peso de los despechados; y sobre todo, al pestanear, y cerrar fugazmente los ojos, helar hasta al corazón más derretido con su mirada glacial.



