Terminaban todas las noches de la misma forma.
Daba igual que fuera primavera o verano, lloviera a cántaros o soplara un viento huracanado, hubiera el partido del siglo o emitieran el último capítulo de Lost, lo cierto era que, desde que se conocieron y decidieron compartir sus días, e independientemente del discurrir de las mañanas de trabajo, las tardes de tareas domésticas o de deporte ocasional, todas las noches, todas, siempre cenaban sopa.
No era extraño que por las mañanas, Juan, el dueño de la tienda de ultramarinos, fuera cómplice de sus sonrisas.



