El primer propósito que me propuse cuando me propusieron que te conociera, fue que dejaras de fumar.
No me molestaba que el humo saliera por la boca que segundos después fuera mía, ni que me impregnaras de olor la ropa que me arrancarías a las primeras de cambio. Tampoco era problema que con las colillas tuvieras la rara costumbre de guardarlas en el cajón de la mesilla para tirarlas a la basura, y recogerlas, una vez al día, justo antes de irte a duchar y escogieras unas bragas limpias para el día siguiente.
Al fin y al cabo, a esas horas ya no estaba, y volvía con tu sonrisa ahumada en la cara, con la ropa echa jirones y en la mano, una bolsa de basura, repleta de colillas, que me recordaba lo adicto que estaba de ti.
El segundo propósito que me propuse cuando me propusiste, fue regalarte un camión de cajetillas. Mas nunca supe encontrar un almacén de Tabacalera y sí , en el camino, un parche entre dos ojos.

