El otro día volví a ver E.T., el extraterrestre, por televisión, y recordé aquellas colas kilométricas para entrar en el cine más grande y lujoso que existía en aquellos tiempos, cuando había cines en los barrios de la ciudad, y reviví aquellas escenas dantescas, familias enteras, que salían con lágrimas en los ojos, y, lo peor de todos, con algunos niños que no paraban de repetir....mi casa, teléfono ....
Llamarme insensible, pero recuerdo que salí del cine, más bien aburrido y decepcionado, con unas ganas locas de que el repelente Elliot hubiese sido congelado de por vida; la niña, Drew Barrymore, se atrofiara como la maceta de las narices; y que el bicho extraterrestre hubiese sido generosamente acribillado según sobrevolaba los cielos norteamericanos, en esa escena mágica, con la gigantesca luna al fondo.
Evidentemente, la peli no me gustó. Ese chantaje emocional que nos plantea Spielberg me pareció aberrante, pero, casi 30 años después, me encontré con la respiración entrecortada, un nudo en la garganta que se traducía en una reiterativa carraspera, y unos ojos empeñados en empañarse.
Y esto lleva a plantearme lo siguiente:
Evidentemente, la peli no me gustó. Ese chantaje emocional que nos plantea Spielberg me pareció aberrante, pero, casi 30 años después, me encontré con la respiración entrecortada, un nudo en la garganta que se traducía en una reiterativa carraspera, y unos ojos empeñados en empañarse.
Y esto lleva a plantearme lo siguiente:
¿ No es ilógico que estemos expuestos a una mayor sensibilidad a los 40
después de haber vivido tantas experiencias ?


