
La sal de la vida son dos labios amargos
y su pizca de besos
cuando irritan a los secos
de aquellos pocos mudos que siguen hablando
y hablando sin saber morderse la lengua a tiempo.
La sal de la vida son dos ojos iridiscentes
y sus llantos criptógamos
cuando iluminan a los obcecados
de aquellos pocos ciegos sexuales que siguen mirando
y mirando sin saber abrazarse sus cuerpos a tiempo.
La sal de la vida son las mujeres prodigio
y sus hombres jaqueca
cuando las primeras aspirinan a los segundos
y sus labios amargos forman sinalefas eternas
y de sus llantos criptógamos floran amores perennes
que arriban siempre como bajeleros expertos
en el dulce puerto del piélago salado a tiempo.

