No soy adecuado para las despedidas. Probablemente porque llevo unas cuantas acumuladas y ciertamente todas sentidas. La última llega tras la etapa más prolongada de mi vida profesional en un mismo instituto. No ha sido por cuestión de tiempo, ni mucho menos por las múltiples actividades que hemos realizados en estos años, pero este traslado viene a significar la culminación de una etapa de madurez profesional que indudablemente me ha dejado huella, y rebosante por ello en cuanto a satisfacciones, incluyendo aquellas procedentes de los únicos protagonistas, los alumnos.
Ha sido en este lugar donde he realizado más cosas en equipo, y ahí estriba la novedad y lo que cualitativamente más me ha permitido crecer. El mérito reside ahí y la raíz de toda nostalgia. Muchas personas significativas que han sabido hacer , marcar el camino y que irremediablemente se han hecho querer.
Ahora empieza una fase nueva. La tercera fase que desborda ganas de afrontar nuevos retos. Un lugar muy diferente y que tiene que acomodarse en ilusiones renovadas, objetivos distintos buscando quizá la esencia de lo simple, nada sencillo, lo directo que se encuentra dentro del aula, día a día, timbre a timbre. Veremos a ver. Tengo muchas esperanzas.
Por lo pronto hoy en el reencuentro me he sentido feliz por haberles conocido y compartido. Siento que forman parte inherente y por tanto nunca difusos en la ausencia que se percibe en el próximo espacio y tiempo que se avecina.











