19 de diciembre de 2011

Miradas

Ya se sabe aquello que a la familia no se la elige y en cambio a los amigos sí. No es que vaya yo a opinar sobre la familia, y más en estas épocas navideñas, donde parece que el mensaje es que la familia se reúna bajo pena capital, no. A mí no me parece ni mal ni bien, y ciertamente es un mal menor o un momento deseable de cuando en cuando. No soy , como veis de la Navidad  un apasionado, pero este no era el tema.

Todos dentro de la familia tenemos a un miembro con el que conectamos de sobremanera. Algunos son el ojo derecho de su papá, o de su mamá; tienen una especial conexión con alguno de sus hermanos, con ese primo que comparte aventuras, con esa abuela que derrocha más cariño que con su propia hija, quizá con un tío especialmente enrollado... lo cierto es que la casuística es tan variada como variados somos todos.


En mi caso, una tía de mi padre se convirtió en una mujer muy especial. Viuda desde muy joven , en aquellos tiempos tan difíciles, tuvo en primer lugar la capacidad de sacar adelante a dos hijas, con su propio trabajo, sin ayuda alguna y encima en su sector, el militar, donde el machismo era seña de identidad. Además, tenía ideas muy progresistas, que se resumían en aceptar a cualquier persona, pensara como pensara, sin eludir la confrontación, dedicándole todo el tiempo necesario al bello arte de la argumentación. También era muy amante de los animales. De hecho, mis perros eran los suyos, y yo creo que allí es donde aprendí a ladrar y después a arañar, con los gatos, y ciertamente logró transmitirme las ganas de defender las ideas con las palabras y a poder acariciar a cualquier perro o gato, ninguno es malo, y tienen el sentido de poder detectar tus emociones y responder con sus impulsos a ellos. 

Fue mujer capaz de poner en aprietos a cualquier pareja que pudiera significar una amenaza a mi integridad, aunque sospecho que en el fondo sabía que esa misma, la integridad, se derretía cuando me miraban las mujeres más allá de los ojos. Me conocía muy bien. También visitó mis casas, mis lugares y por supuesto me recibía como un rey cada vez que la iba a visitar, desde que era un niño, y hasta que en su enfermedad apenas reconocía mi nombre, aunque a mí no me engañaba, y en su pícara mirada guardaba esa sonrisa que decía: me estoy quedando con todos vosotros, me doy cuenta de todo, no lo dudes, solo es para saber lo que en mi supuesto silencio, decías.

Y sí. Ahora que ya disponía de 86 años ha decidido poner fin a su presencia física. Caemos en los tópicos de decir que ya está descansando, que ha tenido una vida plena y satisfactoria, cuando en el fondo, todos, tarde o temprano, correremos la misma suerte y carecera de importancia cualquier valoración. Es ley de nuestra naturaleza mortal y en todo momento acaece. Pero mi tía, como yo la llamaba, me quería tal y como soy, y me transmitió lo mejor que me podía ofrecer, y ese badaje de valor incalculable lo llevaré mientras viva, y por tanto, nunca sabréis quien es el que realmente os está mirando.